Curso urgente de teoría del Estado (8)

El poder, volvemos a ello, es una relación social. Autores como Hobbes, Rousseau y, por supuesto, liberales puros como Locke o Montesquieu, establecieron la idea de que el poder tenía una cualidad especial que le hacía acreedor de su exigencia de obediencia. El poder, como tal, era legítimo y había que obedecerlo. Por ser de origen divino, por representar el dinero o el conocimiento, por salir de unas elecciones que trasladan el ser del pueblo a los gobernantes.

Spinoza, Maquiavelo o Marx, abren las puertas para entender que el poder es una relación social, esto es, que no hay ninguna cualidad especial sino un contexto de relación de fuerzas. Obedecer, deja de ser evidente. Si los que tienen que obedecer, no lo hacen, el edificio se desmorona.

En el fútbol, entendido como un negocio por y para los empresarios del balompié, todo está articulado para que el espectáculo rinda beneficios. Por eso la seguridad privada forma parte de la operación comercial. De pronto, un espontáneo salta al ruedo a lanzar un mensaje. El que sea. Puede incluso ser de gran interés para los que miran el partido. Da lo mismo a ojos de la lógica mercantil. Los mercenarios de la seguridad lo interceptan y, por si no bastara, empiezan a darle una paliza. Por interrumpir la ecuación: dinero-mercancía (en este caso fútbol)-dinero (esto es, dinero incrementado por el beneficio).

Pero hay gente que no consiente el linchamiento y salta a defender al espontáneo. Incluidos trabajadores del espectáculo, como son los jugadores. Y otros se animan. Y más y más. Y de pronto, el emperador está desnudo. Las porras, hace unos segundos tan poderosas, no sirven para nada. Y los trajes oscuros, que querían asustar e inhumanizar, se convierten en el uniforme de grotescos payasos. Lo que podía haberse saldado, una vez más, como el disciplinamiento de alguien que se atrevió a romper el tinglado comercial del fútbol, se convierte en una manifestación de solidaridad popular. Y los mercenarios son sometidos, recibiendo una dosis de su medicina. El pueblo, en armas, ocupa la plaza. Queda la sensación, más allá de la compasión con los mercenarios que han pasado de verdugos a víctimas, de que se ha hecho justicia. Si no se hubiera respondido, el espontáneo hubiera sido linchado por los mercenarios y, con toda seguridad, también luego por el aparato del Estado.

Pero el pueblo empoderado, cuando dice basta, frena toda esa maquinaria que, cuando no tiene respuesta, parece imbatible e incuestionable.

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