Venezuela: crónica desapasionada para demócratas laicos (y II)

Publicado en Cuarto Poder, 29 de abril de 2010

Abril de resurrección

El 11 de abril, un golpe de Estado derrocó a Chávez. El héroe que vino a salvar al pueblo fue derrotado por el dragón. Pero resulta que la princesa –el pueblo– en vez de acobardarse, encaró al opresor y pidió que le devolvieran la lanza –el Presidente– porque, al menos por un par de días, el guerrero de la luz iba a ser ese pueblo de los cerros. Soberbios alcázares de la miseria, dijo Martín Santos en la posguerra, y sigue siendo válido en los suburbios coloridos de la umbría América Latina. Y el pueblo triunfó. Los militares, unos por demócratas, otros por conveniencia, otros porque se asustaron de los que venían a sustituir a Chávez, otros porque lo único que tenían claro era que el pueblo estaba en la calle reclamando a su presidente de vuelta, retiraron su apoyo a los golpistas y, pese a que desobedecían al amo norteamericano, se situaron al lado de la Constitución.

Los pueblos desahuciados siempre inventan santos, concretos o abstractos –en el franquismo, nosotros nos inventamos Europa–. Chávez era un santo de carne y hueso, legendario –dio un golpe, asumió la responsabilidad, no salió de la cárcel hasta que el último de sus hombres abandonó la prisión–, corajudo y determinado. Pero resultó que en Venezuela, fue la princesa la que salvó al guerrero. Qué ejemplo para América Latina. Qué ejemplo para el mundo. El pueblo tomando la rienda de sus propios asuntos y dándole de nuevo vida al muñeco valeroso al que habían cortado los hilos. El pueblo fue su propio libretista, su responsable de casting, su guionista y su productor. La película tenía que saber a pueblo. Algo que, por lo común, no le interesa a nadie. Ni al dragón ni al héroe ni al apuntador que pasaba por allá. Así que si no es el pueblo quien lo recuerda, se termina reinventando la historia.

 Si quieres la paz…

Chávez ha celebrado el aniversario de aquél 11 de abril llenando las avenidas que conducen al Palacio de Miraflores de milicianos armados. Una revolución pacífica pero armada. Sabiendo cómo se las gastan los EEUU; teniendo en cuenta que sólo Washington –USA– invierte más en armamento que el resto de los países del mundo juntos; viendo el escenario hondureño (¿dónde está El Mundo, El País, el ABC, La Razón, La Vanguardia, la Cope, Unión Radio, Onda Cero, etc., etc., etc., criticando que en Honduras se están asesinando más periodistas que en cualquier otro lugar de América Latina?), no es sencilla la condena, salvo para los demócratas exquisitos que manejas varias varas de medir con la fluidez con que se expresan en varios idiomas. ¿Quién le reprocharía a la España republicana haberse armado contra la barbarie franquista? ¿Quién condenaría que el pueblo hubiera tenido armas en el Chile de septiembre de 1973? ¿Quién, con la mano en el corazón, no hubiera deseado que los asesinados en Katyn, en Auschwitz, en Treblinka, en Armenia, en 1492, en todo el continente africano, en todos los sitios donde la canalla se hizo fuerte, hubieran tenido al menos la oportunidad de defenderse? Pero somos gente de bien. No hablamos ni de dinero ni de violencia. Es la tentación de la inocencia.

Para conmemorar el 11 de abril, el diario madrileño El Mundo entrevistaba en 2010 al golpista Carmona Estanga dándole el título de ex Presidente provisional y llamando a los sucesos que causaron decenas de muertos “acontecimientos”. El golpista Carmona no perdió la oportunidad y se lamentó de no haber aligerado el paso de Chávez por el mundo aquella noche. Esa es la lectura de la prensa española pasados unos años. Y mira que ha tenido tiempo para informarse. La misma prensa que luego da lecciones de democracia desde maitines a completas pasando por vísperas. Qué no hizo en esos años oscuros.

En Caracas, escucho al Presidente Chávez (algo, como decíamos, nada difícil). Se prepara ya, en abril, para las elecciones de septiembre. Las encuestas no son amables. Los 11 años de gobierno, los errores, la presión del dinero de la oligarquía, la presión del dinero prestado –nunca lo regalan- de los Estados Unidos, golpean la nave chavista. Hay jóvenes que sólo han conocido el chavismo. La influencia de los medios es espectacular. ¿Tienen derecho los medios a elegir los gobiernos? ¿Dónde queda la democracia? Las dos varas de medir. Está claro que la derecha puede dar un golpe en Honduras (lo han hecho: Lobo gobierna, Micheletti legisla y Zelaya está fuera). Chávez no puede dar un golpe en Venezuela. ¿Quién argumentaría como se ha argumentado en Honduras?

A propósito de Venezuela: Manual para demócratas rigurosos

Son claras las distancias entre la política venezolana y la política española. Es claro el chirriar de los diferentes modos. Cada día de reflexión sobre Venezuela trae el peso de los fantasmas del pasado, que aletean sobre el país dificultando el vuelo de una democracia novedosa donde quepan, a diferencia de los modelos del pasado oligárquico todas y todos los venezolanos –pese a que ese modelo del pasado sea defendido en España y Venezuela como la verdadera democracia. ¡Qué manía histórica de ocultar a las mayorías! –.

El militarismo, el centralismo, el peso excesivo del Presidente, el autoritarismo que ejercen los que roban (como forma de ocultar su latrocinio), la ineficiencia, la mentalidad rentista que atraviesa al pueblo y a las élites de Venezuela…Son todas razones que pueden llevar a un pueblo que aún no ha salido del pasado a apoyar a los responsables históricos de su propia miseria. No sería justo. Tampoco probable. Los  últimos diez años de gobierno revolucionario en Venezuela han dedicado una buena parte del dinero del Estado a la instrucción del pueblo. De hecho, ya se cumplió la meta del Milenio, planteada para 2015, en lo que toca al alfabetismo. Un pueblo instruido, no adoctrinado (que le dijo que no a Chávez en el referéndum constitucional porque no estaba lo suficientemente claro lo que se le planteaba. Y Chávez lo asumió, pese a lo que el 100% de la prensa occidental comercial dijo). Un pueblo que sabe que con Chávez aún hay muchos problemas, pero que sin Chávez habría muchos más. No porque Chávez sea imprescindible ontológicamente, sino porque en este momento histórico sólo él es capaz  de aunar a las fuerzas transformadoras de Venezuela. No es gratuito que la voluntad esencial de los Estados Unidos, de la oposición venezolana, de la derecha española sea acabar con Chávez. ¿O hace falta recurrir a la historia para ver cómo invariablemente han disparado contra los líderes populares?

Mirando desde fuera, se entiende que haya problemas para definirse uno desde Europa como chavista. ¡Pero si tenemos problemas para definirnos como marxistas, cristianos o socialistas! Es un mal punto de partida. Las etiquetas, para los publicistas. La derecha necesita triunfos globales. Y juega con ello. Por eso pone las contradicciones –reales como la vida– delante de nuestros ojos. Eso sí, con su doble vara de medir. ¿Quién resiste una lupa? ¿Usted acaso, desocupado lector? ¿Algún país que tiene en mente? Los chavistas no se presentan a las elecciones en España. Tienen su sentido en Venezuela.

Entonces ¿cómo encarar la furia de la información terrible que llega de Venezuela? ¿Qué pensar ante tanta batería inmisericorde que señalan las siete plagas en aquel país? Exageran. La verdad es que todos exageran. Pero es cierto que Chávez sigue teniendo más del 50% de popularidad. Ese pueblo sabe qué tiene entre manos. Esto no implica que sigamos cayendo en el error de confundir las izquierdas urbi et orbi. Esa tarea está pendiente. Las diferentes internacionales dictaron las claves que debían ser imitadas. Desde Europa al resto del mundo. Ese tiempo pasó. Es más sensato acompañar los “aires de familia”. Para un demócrata laico, en tanto en cuanto pueda gozar de información más contrastada, puede ser una buena aproximación afiliarse al anti antichavismo. Las brigadas internacionales tienen que definir y combatir al enemigo global, no involucrarse en la tarea de gobierno. Esa siempre decepciona. Pero debe estar firme contra los intentos constantes de la derecha global de tumbar cualquier gobierno de cambio.

Los manuales para demócratas rigurosos no buscan soluciones fáciles. La facilidad nos llevaría a dejar de ser demócratas. Sabemos, más allá de la retórica, que ya no hay manuales. La crítica hegemónica –la de los medios hegemónicos– hacia Venezuela es la misma que defiende la solución hondureña. La que hace que nos indignemos, con razón, por un muerto en una cárcel de Cuba pero no ayuda a estremecernos por 2.000 asesinados en Colombia. Nuestras decepciones no coinciden con las decepciones de la derecha, aunque parezcan compartir lugares y espacios. Hay problemas que son de la izquierda, y no pueden gestionarlos desde la derecha. Con la crítica, nosotros buscamos ahondar en la democracia. Ellos, pervertirla.

Intentan marcar la agenda de discusión. Pero ya vemos cómo se aproximan. Se trata ahora, más allá de ese recurrente esfuerzo, de que Venezuela (como Ecuador, como Bolivia) pueda construir sus propias soluciones al margen de la agresión de los que siempre han mandado. Intentar no caer en las simplificaciones de esos medios que son empresas al servicio de  postores más altos. En el lado opuesto, no aplaudir cualquier decisión que venga de los países que están inventando la revolución. El siglo XX nos dejó su legado de ceguera incomprensible ante  las barbaridades cometidas en nombre de la verdad. No hay socialismo sin libertad. De la misma manera que no es cierto que el mismo error convoque en la misma mesa al imperio y al demócrata. El siglo XX nos robó la ingenuidad.

No hay manuales para demócratas rigurosos. Sólo intuiciones. Quizá, sólo saber que cuando se abre la trinchera, ésta tiene sólo dos lados. Intentar que no se abra, pero cuando la fosa está ante nuestros ojos, no equivocarnos. Ponernos en el lado correcto e intentar taparla. Que cada palada de tierra construya un terreno más amable para quienes pisen su suelo. Y que nadie se quede sin su derecho a saber que ese suelo le pertenece.

(*) Juan Carlos Monedero. Profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid y ex asesor del Gobierno venezolano. Entre sus últimos trabajos publicados cabe citar Disfraces del Leviatán. El papel del Estado en la globalización neoliberal (Universidad de Puebla,  2009) y El gobierno de las palabras. Política para tiempos de confusión (FCE, México, 2009).

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