Venezuela: crónica desapasionada para demócratas laicos (I)

Publicado en Cuarto Poder, 26 de abril de 2010.

Dime de dónde vienes y te diré  qué temes

En 1998, cuando Chávez se presentó  a las elecciones presidenciales luego de dar un golpe en 1992, pasar dos años en la cárcel, ser indultado por el Presidente Caldera y lograr representar el anhelo de cambio de un país roto por el neoliberalismo, la derecha tradicional presentaba a una ex Miss Universo para la máxima posición política del país. Todo muy chévere, como allá gustan de decir.  La izquierda clásica andaba igualmente desubicada después de haber sido el buen alumno del ajuste neoliberal –luego tomaría el argentino Ménem el relevo- y haber postrado el país a los pies de los mercados del Norte y cuatro avispados del mismo sur. Aquí, en la tierra de los toros, simplificábamos: un partido socialdemócrata acá otro allá, un partido democristiano acá otro allá…Y punto. Lo demás, exotismo latino. Y nosotros somos amigos de nuestros amigos. ¿Excesos? ¿Miseria? Ya sabemos cómo son estos países. ¿O es que el realismo mágico no nos explicó que son raros? Y en cuanto a la política, ¿quién no comete errores?

Cuando vieron que el ex teniente coronel golpista iba más en serio de lo que habían pensado, parte del poder tradicional concentró esfuerzos en Salas Romer (no todos en verdad: otra parte estaba convencida de que el militar terminaría entrando en su nómina). Pese a todo, Chávez se lo llevó, nunca mejor dicho, de calle, pese a que la abstención, herencia de la desconfianza hacia la política de la apertura monetarista, dejó fuera de la decisión a la mitad del país. La confianza en lo político nunca es automática.

En ese momento, Chávez era un militar nacionalista, más heredero de su propia tradición –la personal y la de los militares bolivarianos– que de los presupuestos tradicionales de la izquierda (aunque después, una vez definido el rumbo del gobierno hacia el socialismo, empezó a mirar con ternura indulgente su trayectoria, dando por pecadillos de bisoñez el  momento en el que se declaró seguidor de la tercera vía –en un tiempo en el que también lo hacía Felipe González, Aznar, Blair y Muamar El Gadafi– o aquel otro en el que se decía devoto del neofascista argentino Ceresole, postulante de una relación directa entre el pueblo y el líder soportado por una guardia pretoriana). Aunque, como dicen los matemáticos, en los primeros momentos hay grandes intuiciones.

A Chávez se le dan bien las consultas populares. La elección de 1998, una nueva Asamblea Constituyente, la Constitución de 1999, la nueva elección presidencial, elecciones regionales y municipales, fueron todos asuntos que se aprobaron sin problemas, marcando una nueva época en el continente. Al tiempo, dejaba en evidencia que adecos y copeianos, socialdemócratas y democristianos, quienes habían gobernado en el país desde la recuperación de la democracia en 1959, habían sido barridos, además de la “historia inmediata”, barridos en las urnas, forma de desalojo alejada de los asaltos al palacio de invierno–o de Miraflores– comunes en la tradición de la izquierda. ¿Y cómo demonios se descalifica al rojerío que hace del Che Guevara un icono cuando gana elecciones? Primer round: perplejidad.

De cuando la derecha juega a las elecciones sólo si las gana

Pero, como dicen en Venezuela, ni tan calvo ni con dos pelucas. Cuando Chávez hizo aprobar las llamadas leyes habilitantes, especialmente la de tierras (que, tímidamente, buscaba acabar con el latifundio), la de costas (que, tímidamente, buscaba recuperar el litoral para la nación) y la de hidrocarburos (que, tímidamente, devolvía al país parte del control del petróleo), la respuesta del poder tradicional fue de total confrontación: primero una huelga general –en realidad un lockout–; luego un paro patronal como tal;  más tarde un sabotaje de la industria petrolera y, finalmente, un golpe de Estado tradicional. Como quiera que eso fracasó, le siguió otro paro patronal, una kale borroka caribeña (con los ricos incendiando la calle a la puerta de la propia casa en las zonas ricas), un intento de crear una contra al estilo nicaragüense, esfuerzos en pro del magnicidio, ataques en la prensa, presiones jurídicas internacionales,  acusaciones para convertir a Venezuela en un estado terrorista, infiltraciones de paramilitares colombianos en la frontera y en Caracas, etc., etc., etc. Y allá donde la tradición contaba la historia de presidentes derrocados, asesinados y/o alejados del poder, Chávez, después de desalojado del poder, regresó. Como Lázaro. Algo con mucho poder en pueblos que tienen que creer porque no pueden permitirse el lujo de saber. Chávez vino de la cárcel y luego del más allá. Mágico. Realismo mágico. Pero con magia blanca.

Pero el mal, como buscaba el Joker del Caballero de la noche, tiene efectos sobre la ingenuidad y la inocencia. Chávez volvió, pero ya no era el mismo. Y tampoco los suyos, a punto de perderlo todo por culpa de un sector que, hasta la fecha, había seguido haciendo negocios, ganando dinero, construyendo un futuro bien cómodo. Ganaban menos, pero seguían ganando mucho. Su umbral de transigencia es bien bajo. Le pasa a los monarcas, a los Papas, a las familias de toda la vida. El problema no es cuánto sigues teniendo, sino que alguien ha abierto la espita por donde van a tener menos. Y Usted no sabe con quién está hablando.

Desde entonces, razones para estar alerta no le faltaron ni le faltan al Presidente Chávez. Razones de dentro y razones de fuera. Lo sucedido en Honduras, donde se puede derrocar a un Presidente y no pasa nada, llama a reflexión. La doctrina Obama en Centroamérica ha dicho que puedes ganar las elecciones, pero que eso no significa que tengas derecho a mandar. Eso sí, con una sonrisa y con gestos simbólicos (e importantes) hacia la ciudadanía interior.  La política exterior siempre es la política exterior. Desde la revolución neolítica. El comportamiento de la Colombia malcriada por los Estados Unidos, es otro factor de preocupación. Incluso un país –como hizo Uribe– puede bombardear a otro si el argumento lo otorga la sacrosanta lucha contra el terrorismo. Aunque desencadene una guerra donde caerán muchos seres humanos. En Cuba moría lamentablemente un ex preso común devenido preso de conciencia, mientras que en Macarena, al sur de Bogotá, aparecía una fosa común con 2000 civiles asesinados (no uno ni dos ni tres ni diez ni cien ni quinientos ni mil) por el ejército colombiano de Álvaro Uribe, especializado en matar a campesinos y sindicalistas y disfrazarlos de guerrilleros para cobrar por ello. En ese contexto ¿quién va a dar lecciones de democracia? Los herederos de la Cristiandad tienen una cruz como efigie. Y cuando te descuidas, te crucifican. Los obispos ven más porcelana que latón. La porcelana va bien con la delicada piel de sus manos. El latón, araña.

Pasión de Semana Santa

Con  motivo de la mucha sequía, la poca energía eléctrica y el aumento del consumo por el avance del país (hasta este año, más de 20 trimestres consecutivos de crecimiento), el Presidente Chávez declaró fiesta (feriado lo llaman allí) del lunes al miércoles. ¡Ay si lo hubieran propuesto los sindicatos! El resto de la semana no hacía falta, pues ya eran fiesta de suyo. Pueblos bien católicos. La terminal de autobuses de Caracas se llenó. Margarita, Higuerote, Ocumare de la costa, Choroní…todos los destinos playeros o de montaña se llenaron de millones (millones) de turistas. En un comentario ya tradicional, todos repiten: “este comunismo nos está matando”. Una ironía para enfrentar la cantinela de la derecha sobre la debacle de Venezuela.

Cierto es que a los venezolanos no les hace falta mucho para aprovechar y disfrutar. Ese Caribe barroco que narró Alejo Carpentier. Y eso, que es una ventaja para los gobernantes, no siempre es una ventaja para el avance social. Desde una mirada europea, tanta felicidad es sospechosa. Una felicidad con un deje infantil. Cosa que nosotros, hijos de la paternidad ilustrada, dejamos atrás hace tiempo. Felicidad versus responsabilidad. Quizá sea por eso que este santo fin de semana, feliz en cualquier caso, dejara, una vez más, un reguero de muertos por arma. Entre el “Viernes de Concilio y el Domingo de Resurrección fueron asesinados, sólo en Caracas, 107 personas” (El Universal, 6 de abril de 2010). Las cifras extraoficiales, y las oficiales también, hablan de que cada año son asesinadas en el país más de 15.000 personas. Más que en México, que posee 4 veces más población. Cosa extraña en un país tan amable y entusiasta del circunloquio a la hora de utilizar el lenguaje. Hay que hablar muy amable, parece, para que no se enfaden los interlocutores. Nosotros les parecemos bien bruscos. Pero, cierto es, nos matamos menos.

El problema no está en que el asunto haya empeorado. En el pasado era igual de sangrante y sangriento. De hecho, como ahora están solventados otros asuntos urgentes –comer tres veces al día, por ejemplo–, la violencia cobra mayor fuerza en la opinión pública. El problema está en que no solventar este problema es incompatible con cualquier definición de socialismo con la que se trabaje. Hay fracasos que pasan factura.

Nada más terminar la Semana Santa, llegó a Caracas Vladimir Putin, el Primer Ministro ruso, a firmar convenios. Feliz. A mayor gloria de la patria. Poner un pie en el área vedada de América Latina. Devolverle a Obama la frivolidad norteamericana de alentar afanes expansionistas a Georgia, de apoyar las revoluciones de colores o llevar la OTAN hasta la frontera prohibida. Al regresar a Rusia, hizo declaraciones que un día después saltaron a las páginas de los diarios (mayormente opositores) de Venezuela:  El gobierno venezolano le comprará a Rusia 9.400 millones de dólares en armamento.

Cierto que la “solución hondureña” invita a poner dificultades a los que piensan en salidas similares para Venezuela (un golpe, recordemos, que se condena pero se avala y finalmente se apoya). Pero siguen llegando armas a un país que necesitaría, al menos en la calle, menos pistolas. Y hay demasiadas. Mueren los fines de semana los pobres de los cerros. En Venezuela no se les llama “desechables”, como en Colombia. Pero también se mueren. A centenares. Pero de eso se habla menos en el país, porque a los ricos y a las clases medias, en verdad, nunca les ha importado gran cosa lo que les ocurre a los pobres. Si cayera abatido un rico del Country Club, tronarían los medios. ¿Pero qué más da que caiga la chusma? Por eso no son creíbles en sus críticas al gobierno. Saben quién es Hilfiger, Ives Saint Laurent, Lacoste y Armani, pero Juan, Esteban, María Lisbez, Yusnavy, Luis, Yuruani o Roberto son demasiado vulgares para gente tan cualificada. Sólo protestan cuando mueren cerca de sus restaurantes. Ahí les sale su corazoncito. Gente sensible.

Problemas con la crítica y crítica de los problemas

Es importante medir la gestión de un gobierno. La esfera pública virtuosa de un país la construyen los medios, la oposición y la llamada “sociedad civil”. Aquí, las universidades y los sectores con prestigio social –piénsese en la iglesia, eso sí, pre-opusdeiana, pre-legionaria de Crito, pre-wojtiliana-ratzingeriana y pre-pederasta– son relevantes para criticar la gestión del gobierno con la piedra de toque de ese modelo ideal. El gobierno ideal, cierto es, no existe, pero a fuerza de confrontarlo con la perfección, va esmerándose. De ahí la importancia de una opinión pública que no se confunda con la bazofia mediática.

Pero en Venezuela, esos sectores, en vez de ir creando una esfera pública democrática, insisten en regresar al pasado prechavista, de manera que no ayudan en nada a construir democracia. No digamos cuando deciden no presentarse a las elecciones y dejan a la Asamblea dominada totalmente por el chavismo, esto es, carente de una oposición que obligue a comportamientos virtuosos (como ocurrió hace cuatro años). La oposición en Venezuela, he dicho en otro lugar, es la peor del mundo. Pues llevando Chávez diez años luchando, con nulo éxito, contra la corrupción y la ineficiencia, y repitiendo el Presidente día tras día su empeño en esa lucha –esto es, reconociendo su fracaso–, son incapaces de sacar rédito de tamaño descalabro. Muy malos deben de ser cuando, además, gozan de mucho dinero propio más el que reciben de afuera (EEUU, de mil ingeniosas maneras diferentes). Torpes. Reaccionarios y torpes.

Es importante entender que los medios de comunicación son el principal partido de la oposición de los gobiernos de cambio de América Latina. Devastados los sistemas de partidos latinoamericanos por su propia torpeza, los medios de comunicación, cuarto poder devenido a menudo en primero por esas fusiones promiscuas entre la política, el periodismo, la empresa y los bancos, empezaron a hacer desde ahí su tarea de acoso y derribo, excediendo con creces lo que permiten las legislaciones europeas. Peticiones de asesinato, imputaciones delictivas de la gestión gubernamental, acusaciones extremas sin fundamento, peticiones de derrocamiento violento, acusaciones criminales sin pruebas, han sido y son el escenario cotidiano de los medios en Venezuela contra el Presidente Chávez, pararrayos de todas las críticas bajo el supuesto recurrente que orienta esa estrategia: “si cae Chávez, cae todo”. Entendiendo la estrategia, el pueblo devolvió: “Con Chávez, todo. Sin Chávez, nada”.

Esta desproporción en la crítica ha terminado haciendo un bucle sobre sí misma. Al haberse descalificado durante años la tarea del chavismo, al mentirse sistemáticamente desde los medios, al tergiversar inmisericordemente cualquier gestión pública, al generar sospechas permanentes, al haberse dado un golpe desde la televisión y, posteriormente, al haberse silenciado el levantamiento popular contra ese golpe oligarca (perdón por la palabra, pero para hablar de América Latina hay que hacer uso de palabras antiguas. Allí –como en Galicia o la Comunidad de Madrid– siguen muy vigentes), decía, tras tantos desatinos, el gobierno, finalmente, se enrocó, descontando todas las críticas como “contrarrevolucionarias” y perdiendo pie para hacer suyas las recriminaciones de buena fe. Altos cargos del chavismo que han terminado acusados, juzgados, huidos, confrontados o enfrentados, cuando fueron señalados por manos honestas como ladrones, fueron defendidos por el Gobierno, terminando escaldados y señalados como contrarrevolucionarios los que querían salvar la revolución de los iscariotes.

Esto beneficia finalmente a la oposición, que ha logrado que el gobierno de Chávez haya perdido la capacidad de ajustarse con la enunciación de su mal hacer, poniendo en el mismo saco las críticas de los que quieren volver al pasado como las de quienes detectan los fantasmas tradicionales del caudillismo, el militarismo, la corrupción, la ineficiencia, el centralismo, el clientelismo de partido y la mentalidad rentista. En ese río revuelto, el Presidente Chávez ha apretado el acelerador de una interpretación rigurosa del respeto a la ley, pisando la tenue frontera donde la libertad de expresión, cierto que abusada, puede correr riesgos. ¿Puede decirse en televisión que el Presidente Chávez es un asesino que ha mandado disparar contra inocentes? ¿Puede afirmarse que Venezuela es una base del narcotráfico cuando Estados Unidos está buscando excusas para señalar a este país como narcoestado, con las complicaciones que esto traería (cosa, por supuesto, que no hará con Colombia)? ¿Puede decirse que el Presidente va a acabar como Mussolini, colgado boca debajo de una viga? ¿Puede acusarse a una institución de corrupción sin presentar prueba alguna? ¿Puede agredirse a un policía sin consecuencias? ¿Puede un medio de comunicación ignorar la ley nacional de telecomunicaciones? ¿Puede un presidente de un medio de comunicación hacer negocios ilegales y apelar a la libertad de expresión para justificar impunidad cuando es cogido con las manos en la masa? ¿Por qué se empeña la oposición en postular como candidatos a la asamblea a convictos del golpe de Estado de abril de 2002? En verdad, nada de todo esto parece muy sensato. Pero da lo mismo: los monopolios mediáticos mundiales nos dirán cómo interpretarlo de manera perjudicial para el gobierno de Chávez.

Añadamos que tampoco es positivo para la democracia que se silencien las voces críticas (aunque sólo sea porque se genera un clima de miedo), que no es positivo que se busquen atajos en los procedimientos judiciales o parlamentarios, que se tomen medidas judiciales en lo inmediato –sin pensar que se crea jurisprudencia que puede aplicarse mañana, cuando otro esté en el poder– y, sobre todo, que no ayuda a la sensibilidad democrática –basada en el diálogo– que se hable tanto donde y cuando no se debe. Nunca terminaremos de entender ese barroquismo caribeño desde una Europa signada por el calvinismo (quizá algo más desde la influencia mediterránea). Venezuela es un país muy locuaz. Locuaz es el Presidente, que le comunica a su pueblo tanto como se le ocurre. Locuaz la Presidenta del Tribunal Supremo, el Canciller, algunos Ministros, los periodistas, los dirigentes de los partidos. Locuaz la iglesia y la universidad. Locuaces las televisiones. Salvo las mises, más bien parcas en su verbo y sus ideas, todo el mundo habla mucho en Venezuela, lo que, con frecuencia, genera confusiones y, desde Europa, incomprensiones, más acostumbrados a formas austeras de la política (Aunque, cierto es, tenemos nuestras incontinencias, ejemplarizadas en personajes como Alfonso Guerra ayer, Rodríguez Ibarra hoy, o Esperanza Aguirre mañana, locuaces, expansivos y, por eso, personajes y populares). Chávez habla para un pueblo recién salido del analfabetismo. Algunos esperan que ese pueblo le diga al Presidente: ¡Sólo tú eres necesario, los demás somos contingentes! Pero entonces no sería Venezuela, sino Amanece que no es poco. Maldita manía de querer que los demás sean como ni siquiera es uno.

(*) Juan Carlos Monedero. Profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid y ex asesor del Gobierno venezolano. Entre sus últimos trabajos publicados cabe citar Disfraces del Leviatán. El papel del Estado en la globalización neoliberal (Universidad de Puebla,  2009) y El gobierno de las palabras. Política para tiempos de confusión (FCE, México, 2009).

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