Ni Marx ni menos

Publicado en El Universal, 10 de mayo de 2007

El neoliberalismo nació contra el Estado social y siempre se opuso a la inmensa mayoría

Carta abierta a Emeterio Gómez

Cuando uno mira la biografía de no pocos profesores neoliberales encuentra que en sus años mozos -y no tan mozos- destacaron no solamente por ser ortodoxos lectores de las obras de Marx, sino por dedicar buena parte de su empeño a que todos compartieran su rígida lectura. Malos tiempos donde cada cuál le daba a cada quién con su particular Marx en la cabeza, buscando constantemente herejes para quemarlos públicamente y renacer como Torquemadas expurgados.

Veinte años, al decir de ellos mismos, viviendo “errados en el marxismo” -y no se engañe Don Emeterio, que el tanguista exageró cuando dijo que dos décadas no son nada-. Por encantamiento, que no por reflexión, un buen día arrumbaron la obra de Marx, leída casi siempre en malas traducciones, y abrazaron a Hayek o algún otro gurú del libre mercado. Tras una lectura igualmente ortodoxa del nuevo sacerdote regresaron a su deporte favorito, esto es, a dar en la sesera a quien disintiera de su nuevo catecismo. Un comportamiento que viene a demostrar que la única coherencia ideológica del neoliberalismo no está en las ideas, sino en esa repetida manía de golpear a los demás con tablas de la ley hechas de piedra.

Con mucho, Marx fue la mejor cabeza del pensamiento social del siglo XIX. Nos legó un pensamiento tan poderoso que aún hoy no hay ciencia social que no sea un diálogo con sus ideas -para botón, su propio empeño, profesor Gómez-. Pero, por fortuna, no era Dios sino hombre. Veinte años para entender esto indican mucha calma y no presta mucha credibilidad a las razones que usted nos ofrece para que abracemos sus ahora verdades neoliberales. ¿Y si dentro de veinte años se desdice con similar contundencia?

Además, no hay una lectura única del marxismo. Mi generación, por ejemplo, nunca fue a Marx, como muchos en la suya, buscando sustituto a un Dios ausente. Al contrario, maestros como Fernández Buey siempre nos dijeron que la verdad habita en los matices. “Ni Marx ni menos”, repetían cuando alguien quería hacer del simple hombre un místico, un profeta o un milagrero. Supimos pronto que el propio Marx se declaraba “no marxista” frente a las simplezas de torpes ortodoxos. Nos invitaron a usar lo más inteligente de su obra, esto es, todo aquello que demuestra la lógica económica escondida en los procesos sociales, al igual que la lógica social e histórica que hay detrás de los procesos económicos. Histórica y, por tanto, sujeta al curso del tiempo. Mal lector quien no haya reparado en esto, pues seguirá pensando, como es su caso, que el capitalismo es eterno y no simplemente un accidente histórico.

Cada generación ha hecho su propia lectura de Marx. Por eso sigue vivo. No encontraremos ningún libro relevante sobre la globalización -el más notable proceso capitalista en curso-, que no incorpore análisis marxistas sobre la necesidad de extender la ley del valor por todo el orbe, del mismo modo que es referencia obligada para entender el papel del Estado, nacional o transnacional, como garante de la acumulación económica. Sin olvidar sus enseñanzas sobre las contradicciones estructurales del capitalismo, sobre la innovación tecnológica, sobre el devenir de la aristocracia financiera cuya actitud desemboca en guerras, su análisis -que nunca abandonó- de la alienación y del fetichismo de las mercancías (multiplicado hoy por la publicidad), o su análisis de las potenciales alianzas de clase que se crean cuando la revolución se aproxima (que explica por qué hay una élite venezolana más cerca de la élite estadounidense que de los cerros de Caracas). No se debe ir a Marx como se va al astrólogo.

Pero defenestrar a Marx tiene otras intenciones. Primero se mata a Marx, luego se iguala revolución bolivariana y marxismo, y finalmente se cierra el silogismo fácil prometiendo las siete plagas sobre Venezuela. ¿La fuente del mal? El error de Marx al señalar el trabajo como única fuente de valor. Hijo de su tiempo, asumió que detrás del precio de una mercancía estaba el trabajo necesario para elaborarlo. Trasladar ese tiempo a precios era, él mismo lo sabía, un ejercicio difícil. No llegó a buen puerto. Pero tirar al niño con el agua sucia tiene algo de epistemicida.

El trabajo es, aún hoy, la fuente “general y sistemática” de ganancia. “La clase capitalista de un determinado país -escribió Marx-, entendida en su conjunto, no puede estafarse a sí misma”. Lo que uno pierde siempre lo gana otro. En otras palabras, en un país, los ricos lo son sobre el trabajo no pagado de los demás (añádale las diferentes formas de colonialismo y la explotación a otros países y le saldrá el marco completo). Usted, en cambio, entiende los precios como una variable de la escasez y no del trabajo. ¿Mero análisis? Ni mucho menos. Como diría Luís Vargas, mezquindad para no hablar de explotación.

Por eso, además del asunto luces, hay otro de moral. Más allá de la escasez de un producto, es un requisito de buena convivencia que su elaboración y precio sean honestos. Una sociedad justa es aquella en donde todos tienen las mismas posibilidades reales de beneficiarse de la vida colectiva. Antes de que el capitalismo arrasara con ellas, había instituciones que se encargaban de velar por esto -la iglesia, los gremios, las asociaciones-. Ese referente de honestidad, que implica que todos los seres humanos somos iguales en dignidad, implica igualmente que lo que intercambiemos esté referenciado por la cantidad de tiempo social que hemos dedicado a producirlo. Se rompería así la metafísica capitalista de la escasez, que hace que los menos lo tengan todo y que los más apenas puedan sobrevivir (una lógica, por cierto, con la que operan los acaparadores retirando mercancías de los almacenes, los que tiran alimentos al mar para mantener los precios, algunos clanes reservándose espacios profesionales o intelectuales o aquellos que durante siglos impidieron el acceso del pueblo a la cultura).

Al final, nos repite el profesor Emeterio, no hay alternativas. Una sociedad en donde hay sofisticadas operaciones de cirugía estética pero no una vacuna contra la malaria o la leishmaniosis. Una sociedad donde se incita al consumo infinito mientras medio planeta Tierra, esquilmado, ya no puede regenerarse. Un modelo social que lleva a que 300 personas tengan lo mismo que 3000 millones de seres humanos. Curioso que pese a ser el único viable, siempre que un país empieza a pensar formas no capitalistas de intercambio, unos ponen el grito en el cielo y otros sus portaaviones en la costa.

El capitalismo se guía por el lucro; transforma todo en mercancías -el amor y la amistad, el agua y el aire, la tierra y las manos-. Su mero fin: incrementar las ganancias inicialmente invertidas. Suministra bienes sólo en virtud de la oferta y la demanda, y para ello reclama un mercado autorregulado ciego a las desigualdades. Aunque la riqueza sólo sea posible construirla en sociedad reparte esos beneficios de manera individual. Algo posible porque los principales medios de producción están en manos privadas. Son cosas que hemos aprendido de leer a Marx.

Su propuesta neoliberal nos invita a un capitalismo donde unos pocos serán consumidores del siglo XXI y la mayoría súbditos del siglo XIX. Nos oferta una sociedad que diferencie contundentemente, según sus palabras, entre “rectores” y “barrenderos”, entre “lomito” y “lagarto”, entre “los más capaces, los más inteligentes, los más creativos” y “los menos capaces, los menos inteligentes, los menos creativos”. Puro biologicismo. Entre su modelo capitalista, que retira la ciudadanía plena a los que no han podido llegar a la cumbre, y un modelo socialista donde la dignidad está igualmente repartida, hay una brecha insoslayable. El neoliberalismo nació contra el Estado social y siempre se opuso a la inmensa mayoría. No hay un pasado idílico que nadie rompió. La lucha de clases, bajo cualquier nombre, siempre la inicia el egoísmo. El amor, ahora, pide paso.

Centro Internacional Miranda UCM
juancarlos.monedero@gmail.com

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